miércoles, 21 de diciembre de 2011

Los “tories”


El camino que está siguiendo David Cameron está muy lejos de intentar desandar lo ya andado para lograr tener un consenso  con sus socios europeos.  Este lunes volvió a distanciarse de la postura del resto de la Unión Europea.  El ministro británico de Finanzas confirmó que no hará aportaciones al Fondo Monetario Internacional (FMI) cuando el destino que se pretenda dar al dinero sea únicamente apoyar a los países de la zona euro. De esta manera vuelve a dar un portazo  y pospone sus decisiones de contribución al fondo a principios del próximo año, en la reunión del G-20, adelantando que las reglas del juego deben cambiar. El resto de los miembros de la Unión Europea, incluso los que no pertenecen a la eurozona, han manifestado su disposición  a participar en el proceso de reforzar los recursos del FMI, aunque algunos no han concretado sus aportaciones. Una vez más Gran Bretaña se distancia de la Unión Europea.
Hasta ahora, se ha estado haciendo lo imposible para que ningún miembro de la zona euro quedara excluido de ella, hasta el punto que hoy casi no se habla de la delicada situación de Grecia; pero ahora el problema es mayor. El desmarque del Reino Unido ha motivado  que se analicen las consecuencias que provocaría la salida de este país de la Unión Europea.  De todas formas, se trataría de una situación poco deseable y, desde mi punto de vista, poco probable, ya que tanto Nick Clegg, líder de los demócratas liberales socios en el Gobierno, como el líder laborista en la oposición, Ed Miliband, no han dudado en advertir de los riesgos que esta postura representa, pudiendo quedar aislado el Reino Unido de las decisiones europeas y perjudicar seriamente a las empresas británicas.
Londres no está en su mejor momento para mantener pulsos con el resto de la Unión Europea pero, es cierto que lo que está pasando no es nada nuevo. Tradicionalmente, Gran Bretaña desde finales del XVIII siempre ha mantenido, como línea directriz de su política exterior y financiera, doctrinas distintas y distantes al continente. Su ya ancestral costumbre de diferenciarse ha marcado y marca carácter, como estamos viendo. La libra esterlina se ha mantenido no solamente por un hecho económico diferenciador, también tiene su carga política y social. Hoy, por lo tanto, no estamos hablando exclusivamente de estrategias económicas sino de costumbres muy arraigadas en la sociedad británica, con las consecuencias políticas que ellas pueden conllevar.
No debemos caer en el error de creer que los conservadores británicos “tories” están solos, lo que está ocurriendo no es una estrategia exclusiva del partido conservador. La poderosísima City londinense es uno de los mayores centros financieros del mundo y participa con el 10% PIB del Reino Unido, por ello las reivindicaciones que Cameron solicitó en la cumbre europea no son tan ilógicas y es muy probable que tengan, igual que el resto de la Unión Europea, un plan B. Gran Bretaña exigió tener un protocolo específico para los servicios financieros que beneficiaría exclusivamente a su país, viéndose comprometido el resto de la Unión Europea. Quizás, no midió bien sus fuerzas y  su mayor error fue creer que podría provocar una división entre el eje franco-alemán sobre el euro. Los británicos no moderaron sus demandas y  la decisión final de la cumbre fue, como todos sabemos, crear un tratado intergubernamental, sin necesidad de modificar los tratados europeos, para imponer una disciplina fiscal en la eurozona e imponer sanciones a quienes se desviaran de ella.
Gran Bretaña, equivocada o no, sabe lo que quiere y a dónde quiere llegar. En estos momentos  lo lógico es que todos los países de la Unión Europea se integrasen en la unión monetaria y fiscal. Es estrictamente necesario crear un ente supranacional financiero que unifique las políticas fiscales de los Estados miembros, perdiendo soberanía nacional para traspasarla a Europa. Y para ello deberíamos ser capaces de convencer a los que históricamente no lo han estado. Sería deseable poder modificar los Tratados Europeos pertinentes y no coger el camino de en medio, de los tratados intergubernamentales para evitar los vetos, ya que lo que esto provoca es una mayor diferenciación entre los propios socios europeos. Solo en el caso de que esta opción fuese imposible, los no miembros de la zona euro deberían plantearse si realmente quieren permanecer en una organización con la que cada vez tendrán menos en común. Europa ha demostrado que todos los caminos se pueden andar, hasta los impensables. Y aunque el tiempo apremia es mejor comenzar a construir sobre una base sólida y abandonar lo que ya no tiene sentido si no se puede reconvertir, hasta alcanzar los Estados Unidos de Europa.

martes, 20 de diciembre de 2011

Londres sigue en sus trece

El camino que está siguiendo David Cameron está muy lejos de intentar desandar lo ya andado para lograr tener un consenso con sus socios europeos. Anteayer volvió a distanciarse de la postura del resto de la Unión Europea. El ministro británico de Finanzas confirmó que no hará aportaciones al Fondo Monetario Internacional cuando el destino que se pretenda dar al dinero sea únicamente apoyar a los países de la zona euro. De esta manera vuelve a dar un portazo y pospone sus decisiones de contribución al fondo a principios del próximo año, en la reunión del G-20, adelantando que las reglas del juego deben cambiar.
Hasta ahora, se ha estado haciendo lo imposible para que ningún miembro de la zona euro quedara excluido de ella, hasta el punto de que hoy casi no se habla de la delicada situación de Grecia; pero ahora el problema es mayor. El desmarque de Reino Unido ha motivado que se analicen las consecuencias que provocaría la salida de este país de la Unión Europea. De todas formas, se trataría de una situación poco deseable y, desde mi punto de vista, poco probable, ya que tanto Nick Clegg, líder de los demócratas liberales socios en el Gobierno, como el líder laborista en la oposición, Ed Miliband, no han dudado en advertir de los riesgos que esta postura representa, pudiendo quedar aislado el Reino Unido de las decisiones europeas y perjudicar seriamente a las empresas británicas.
Londres no está en su mejor momento para mantener pulsos con el resto de la Unión Europea, pero es cierto que lo que está pasando no es nada nuevo. Tradicionalmente, Gran Bretaña, desde finales del XVIII, siempre ha mantenido, como línea directriz de su política exterior y financiera doctrinas distintas y distantes del continente. Su ya ancestral costumbre de diferenciarse ha marcado y marca carácter, como estamos viendo. La libra esterlina se ha mantenido no solamente por un hecho económico diferenciador; también tiene su carga política y social. Hoy, por lo tanto, no estamos hablando exclusivamente de estrategias económicas sino de costumbres muy arraigadas en la sociedad británica, con las consecuencias políticas que ellas pueden conllevar. No debemos caer en el error de creer que los conservadores británicos, los tories, están solos; no es una estrategia exclusiva del partido conservador. La poderosísima City londinense es uno de los mayores centros financieros del mundo y participa con el 10% PIB del Reino Unido, por ello no nos deben sorprender las reivindicaciones que Cameron solicitó en la cumbre europea. Gran Bretaña exigió tener un protocolo específico para los servicios financieros, que beneficiaría exclusivamente a su país, viéndose comprometido el resto de la Unión Europea.
Gran Bretaña, equivocada o no, sabe lo que quiere y a dónde quiere llegar. Sigo manteniendo que, en estos momentos, lo lógico es que todos los países de la Unión Europea deban integrarse en la unión monetaria y fiscal que se está planteando actualmente y para ello deberíamos ser capaces de convencer a los que históricamente no lo han estado. Hay que modificar los tratados europeos pertinentes y no coger el camino del medio, ya que lo que esto provoca es una mayor diferenciación entre los propios socios europeos. Si lo que planteo fuese imposible, los no miembros de la zona euro deberían plantearse si realmente quieren permanecer en una organización con la que cada vez tendrán menos en común. Europa hasta ahora ha demostrado que todos los caminos se pueden andar.

miércoles, 14 de diciembre de 2011

La ruptura con el Reino Unido


En la última cumbre europea,  se esperaban decisiones contundentes para dar comienzo a una unión fiscal dentro de la eurozona. Pero al pretender dar dichos pasos, por la vía de la modificación de los Tratados de la Unión, se evidenció que intentar resolver la crisis de la deuda soberana puede provocar la ruptura de la Unión Europea tal y como la conocemos.
De los veintisiete  países que forman la Unión actualmente diecisiete están dentro de la zona euro y diez no lo están. Entre estos últimos hay quienes desean unirse a la eurozona, pero que aún tienen que cumplir con los criterios de adhesión, como es el caso de Lituania; otros, como es el Reino Unido, que tienen claro que no se van a unir y por último, los que están en un estado intermedio. Está claro que este grupo, además de ser minoritario, es poco homogéneo, con intereses distintos y escasamente cohesionado.
El pasado viernes se planteó la necesidad de modificar los Tratados de la Unión Europea con el fin de homogeneizar, dentro de la zona euro, una política fiscal y de estabilidad. Cualquiera de los veintisiete Estados tiene derecho de veto cuando se trata de modificar los Tratados y eso fue precisamente lo que ocurrió. La actuación de David Cameron era previsible, él sentía la obligación de tensar la cuerda y amenazar  con el veto con el objetivo de conseguir prebendas a favor del Reino Unido. Pero su posicionamiento, quizás, fue excesivo y la respuesta fue unánime ante sus reivindicaciones, quedándose sólo con sus planteamientos.
El resto de países, no solo los pertenecientes a la eurozona, decidieron crear una unión fiscal fuera de los Tratados europeos para evitar el veto del Reino Unido. Ya se está trabajando en la manera de redactar un documento o tratado separado por la vía de “la cooperación reforzada” o por el artículo 136, que permite “fortalecer la coordinación y supervisión de estabilidad presupuestaria”.
Creo, sinceramente, que el camino más rápido, en este caso, no es el mejor. Es conveniente llegar a un acuerdo con Cameron dedicándole el tiempo que corresponda. Reino Unido tendrá que ceder más que la eurozona ya que no puede permitirse el lujo de desvincularse del mercado único europeo. En Londres, tanto Nick Clegg, líder de los demócratas liberales en el Gobierno, como el líder laborista en la oposición, Ed Miliband, no han dudado en advertir a Cameron que su postura de veto podría dejar aislada al Reino Unido y perjudicar seriamente a las empresas británicas.
Nos encontramos con una nueva crisis, la de la Unión Europea, sin haber resuelto la crisis de la deuda soberana. En estos momentos los países que no pertenecen a la zona euro deberían preguntarse, en primer lugar, si deberían o no ingresar en la eurozona y si la respuesta fuera negativa, si realmente quieren permanecer en una organización con la que cada vez tendrán menos en común. Es posible una “Nueva Unión”, con menos Estados miembros y con un mercado común más reducido, y todo ello para mantener al euro.

miércoles, 7 de diciembre de 2011

Merkel y más Merkel


El pasado viernes Merkel provocó, con sus declaraciones en el Bundestag, que los ánimos del mercado se elevaran. Se proclamó defensora del euro, una vez más, y convencida de la necesidad de que la eurozona cuente con una unión fiscal con respaldo legal. Leyendo entre líneas, los alemanes plantean la unión fiscal europea como condición “sine qua non” para poder mantener el euro y desembocar en los eurobonos posteriormente. Esta condición también va unida a la necesidad de modificar el Tratado de la Unión Europea, ya que Alemania no quiere dar pasos en falso. El objetivo es hacer cumplir la disciplina presupuestaria y el control de la deuda de la eurozona imponiendo sanciones y consecuencias inmediatas a los gobiernos que no cumplan con las reglas establecidas. Con estas medidas, es evidente que cada uno de los Estados perderá soberanía para cederla a un ente superior europeo y yo diría que actualmente dentro de los Estados de la eurozona no existen dudas de la conveniencia de esta unión fiscal.

La Presidenta alemana no ha dudado en hacer público, con bastante insistencia, su desagrado respecto de los bonos europeos. Hasta el punto que parecía un verdadero obstáculo para un acuerdo por haberse autoinflingido dichas restricciones. Sin embargo parece que por la vía de la semántica, podremos llegar al mismo objetivo. Ahora, en vez de hablar de eurobonos, se oye el concepto de “bonos de estabilidad”. En cualquier caso, el resultado es el mismo. Con ellos se pretende llegar a una responsabilidad solidaria más allá de las soberanías, es decir, que los pasivos del sistema, llamados hoy deuda soberana, serían compartidos conjuntamente por todos los Estados de la zona euro.
Merkel puede conseguir una unión fiscal en el gran pacto que se espera para este viernes 9 de diciembre, porque ya cuenta con el respaldo de Francia y el Reino Unido, pero a cambio tendrá que aceptar la figura de los eurobonos o “bonos de estabilidad” más en el corto que en el medio plazo. De cualquier manera Alemania intentará llegar a una figura intermedia ya que ha planteado una propuesta de canje de deuda de bonos, es decir, unos eurobonos estrictamente temporales, que los Estados miembros podrían pagar durante un periodo de tiempo acordado. Con este sistema, Merkel podría lavar su cara a la oposición tan feroz que ha mantenido pero al mismo tiempo cedería ante el resto de la zona euro. Habrá que esperar para ver qué estructura de bonos comienza a coger forma.
Lo que no se debe perder de vista es que aunque el próximo viernes en el Consejo de Europa se alcance un gran pacto,  en donde se inicien los procedimientos para modificar el Tratado de la Unión Europea, se avance hacia una unión fiscal de la eurozona y se comience a hablar tímidamente de posibles “bonos de estabilidad”, aún  Europa se tendrá que  enfrentar al gran riesgo de una recesión más larga de lo pensado hasta ahora e incluso a una depresión. Los gobiernos tendrán que pensar y diseñar lo impensable para superar con el menor costo social posible los meses y años que quedan por venir. La Unión Europea no tendrá tiempo de celebrar nada el viernes, si finalmente se acuerda lo que todos esperamos.  

miércoles, 30 de noviembre de 2011

Más cerca de los Estados Unidos de Europa

Las miradas están ahora puestas en la cumbre prevista para el 9 de diciembre. Alemania ha presionado lo suficiente, hasta convencer a Francia, para proponer cambios en el tratado de la Unión Europea. Aunque no se haya oído hablar mucho sobre este tema, preocupados como se ha estado por la prima de riesgo y de la deuda soberana de los países de la periferia, la realidad es que se lleva sopesando la conveniencia o no de hacer cambios en el Tratado desde hace ya algún tiempo. Hay algunos países, como el Reino Unido, que consideran que no es el momento adecuado para proponerlos porque un amplio debate sobre los cambios necesarios podría provocar tensiones dentro de cada Estado miembro que podrían desestabilizar más aún la maltrecha economía europea. No es que se nieguen a los cambios, es que simplemente están convencidos de que la eurozona ya cuenta con las herramientas y la autoridad suficiente para fortalecer la coordinación y supervisión de su disciplina presupuestaria con el Tratado de Lisboa.
Sin embargo, Alemania no está dispuesta a dar pasos sin hacer las reformas dentro de los Tratados. Pretende incluir la posibilidad de imponer sanciones a los gobiernos que rompan las reglas de la deuda, del déficit y cualquier otra medida fiscal que se plantee. Podemos asegurar que Europa se encuentra, en estos momentos, en las manos de Alemania, si se pretende caminar hacia una unión fiscal de la eurozona y  con posterioridad hacia los eurobonos. Y sinceramente, no veo otra salida, si el objetivo es mantener el euro y el mercado común de la Unión Europea.

El cambio o reforma del tratado llevaría su tiempo y Europa no puede esperar a tenerlo aprobado para que el Banco Central Europeo (BCE) intervenga de forma contundente. Sarkozy cree que el BCE debe intervenir y ampliar su programa de compra de bonos soberanos de los países que más se ven expuestos a los vaivenes del mercado. Pero por otro lado, Merkel no es partidaria de la intervención del BCE de forma masiva en la compra de deuda soberana en el mercado secundario. Funcionarios franceses de alto nivel comentan a disgusto cómo, por un lado, Alemania exige la independencia del BCE y por otro pretenden influir en el mismo con las críticas negativas que hacen a las políticas monetarias del BCE.

Y con todas estas situaciones de debilidad y luchas internas de la Unión Europea, reaparece con más fuerza que nunca una duda en el horizonte: la recesión. Si esta es más fuerte y duradera de lo esperado, ninguna de las posibles soluciones en las que se están depositando esperanzas servirán. Lo que sí parece claro es que se está produciendo un efecto positivo, que parece motivado porque a los mercados les gusta la idea de que el 9 de diciembre se puedan tomar decisiones que cambien el rumbo de la Unión Europea hacia una unión fiscal y por ende a los Estados Unidos de Europa.
 
Raquel Lucía Pérez Brito
Economista, abogada y licenciada en Ciencias Políticas
@errelu

miércoles, 23 de noviembre de 2011

Mi columna en Expansión: “Crisis de la deuda privada”

Tras los resultados de las elecciones generales el pasado domingo en España no hay tiempo para expresar los sentimientos de alegría o tristezas. La situación de la economía española no se puede permitir esperar a que el nuevo Presidente sea investido. Rajoy tendrá que dar pasos, en breve, que demuestre que efectivamente sabe lo que tiene que hacer.

A la situación actual se le ha puesto el apellido de “crisis de la deuda soberana”. Sin embargo, hay países como Bélgica, Alemania y Francia, que tienen más deuda pública que España y no están sometidos, aún, a la presión de los mercados. Esto se debe, en gran medida, a que la mayoría de sus bonos soberanos están en manos de sus inversores nacionales. Lo determinante de esta crisis no está, por tanto, en la cantidad de deuda soberana, sino en el porcentaje de la misma que está en manos de prestamistas internacionales. En otras palabras, la cantidad de dinero que tanto el sector público como privado deben al resto del mundo. En el caso de España, es necesario diferenciar la deuda pública y la privada, para no llevarnos a engaños. Los parámetros de deuda pública son inferiores a la media de la zona euro y totalmente asumibles. Sin embargo, durante la última década, el endeudamiento del sector privado español fue el que más creció entre los países desarrollados, encontrándose ahora muy por encima del promedio europeo. Los recursos financieros que las familias y las empresas demandaban para invertir y consumir fueron asumidos por el ahorro nacional en un tercio y el resto por prestamistas extranjeros. Esto provoca que el ataque a la deuda soberana, no se deba exclusivamente al tamaño de la misma, sino a lo que se percibe en el exterior sobre la capacidad de pago del Estado, las empresas y las familias en relación a toda su deuda exterior, no exclusivamente a la deuda soberana. Por lo tanto, en nuestro caso, no deberíamos hablar de “crisis de la deuda soberana”, sino de “crisis de la deuda privada”.
Para dimensionar el problema, si tenemos en consideración el conjunto de la deuda total española, en relación al PIB, nos encontramos en el cuarto lugar del ranking mundial de los países endeudados, tras Japón, Portugal y Bélgica. Resulta curioso observar como el nivel de deuda global en relación al PIB de Grecia es muy inferior al de España, Francia, Canadá, Italia y EEUU. Grecia tiene un elevado nivel de deuda pública, pero los hogares y las empresas privadas tienen un bajo nivel de endeudamiento relativo. Grecia podría resolver sus problemas si tuviesen independencia en política monetaria, ya que podrían devaluar su moneda,  ganando en competitividad y poco a poco pagar su deuda.
La dependencia de España de los inversores extranjeros provoca que sean los mercados los que impongan las políticas económicas a nuestro gobierno y juzguen si las decisiones que se toman son o no acertadas. Para que el nuevo gobierno sea capaz de parar esta presión de los mercados más que justificada, aunque nos empeñemos en decir todo lo contrario, tendrá urgentemente que dar señales en la dirección que se espera y que permitan convencer a nuestros acreedores que seremos capaces de pagar. Y sólo podremos hacerlo si crece la demanda interna, la productividad, la competitividad y por lo tanto las exportaciones.  Y como ya no es posible devaluar la moneda como antaño, la presión se ejerce sobre las llamadas «reformas estructurales», en las que los ciudadanos detectan la amenaza de recortes de derechos laborales y sociales y un latente peligro de regresión en sus condiciones de vida.
No se trata de hacer milagros, se trata de marcar una hoja de ruta realista. Las reformas estructurales que necesita España ya están en la cabeza de la mayoría y su puesta en marcha debería provocar que se vuelva a tener confianza en España y se pueda refinanciar la deuda que vence en los próximos doce meses. Pero en paralelo, será necesario buscar soluciones al endeudamiento privado, que es el principal problema de nuestra economía y que impide la recuperación de la demanda interna y la reactivación de la inversión privada.
Una de las posibles soluciones pasa por refinanciar la deuda privada, tal y como se hará con la pública, pero con el ahorro nacional. El Estado podría convertir esa deuda privada en pública y canalizar el ahorro privado nacional con deducciones fiscales a los prestamistas nacionales. Los prestamistas españoles deben tener un aliciente para invertir. Con esta medida el nivel de deuda se mantendría, pero se disminuiría, poco a poco, la dependencia de los  mercados y sus ataques.

Raquel Lucía Pérez Brito
Economista, abogada y licenciada en Ciencias Políticas.
@errelu

jueves, 17 de noviembre de 2011

Mi columna en Expansión: Fatiga política

Hace escasamente cuatro meses era impensable creer que Berlusconi presentaría su dimisión por "sentido de Estado y de responsabilidad". En Grecia, ha ocurrido exactamente lo mismo, el gobierno no ha aguantado la presión y después del órdago del referéndum el Presidente se vio obligado a dimitir. Los sustitutos, en ambos casos, se consideran tecnócratas. Sin embargo, en estos momentos es tan importante tener claro lo que se quiere hacer y sus consecuencias como tener el liderazgo suficiente para saber explicar las reformas que se van a llevar a cabo para que los ciudadanos entiendan, acepten y apoyen las iniciativas por muy duras que sean. Me temo que estos tecnócratas no están acostumbrados a lidiar con los políticos a los que tendrán que dar cuenta en sus respectivos parlamentos. Y es posible que lejos de resolver los problemas de sus respectivos países, se enfrentarán a éstos, que no estarán a la altura de las circunstancias y no facilitarán el trabajo de los nuevos Presidentes. Sólo un calendario electoral definido con prontitud podría minimizar el caos. Sería estupendo que me equivocara, es más, desearía estar equivocada. Realmente en Europa existe tanto una gran crisis económica, financiera y de deuda soberana como una gran crisis Política con mayúscula, hasta alcanzar la fatiga política.
En España, tras el próximo domingo, habrá un nuevo Gobierno que será elegido por todos los que decidan ir a votar ese día, que debería ser la inmensa mayoría, dada las circunstancias. Independientemente de que el nuevo Gobierno cuente o no con mayoría absoluta, si existiera madurez política, el mismo lunes, los partidos en la oposición deberían ponerse al servicio del ganador para apoyar las iniciativas que se pongan sobre la mesa, provocando diálogos y acuerdos que inyectarían confianza en nuestro país. Pero también en este caso dudo mucho que el Gobierno y la oposición se pongan de acuerdo, motivados por el deber patriótico y el sentido de Estado; es más, diría que nos esperan unos meses muy duros y conflictivos.
Es imprescindible que los mercados vuelvan a confiar en España para poder optar a una refinanciación de la deuda que se vence en los próximos meses y a la que no podremos hacer frente solos, debido al escaso o nulo crecimiento de nuestro país. La madurez política de nuestros representantes es una urgencia nacional. En el corto plazo tenemos la necesidad de ser capaces de dar una imagen de unidad y seriedad política para que los inversores apuesten por nosotros. Ellos necesitan comprobar que España pone en marcha las reformas adecuadas y que la unidad política del país sea un hecho. Inyectando confianza España podrá obtener, nuevamente, el apoyo de los inversores y refinanciar sus deudas a un interés más bajo que el actual. El camino seguirá siendo muy duro, pero al menos tendremos un margen de tiempo para poder recuperar el crecimiento económico. Si conseguimos la unidad, las reformas que se van a ejecutar tendrán resultados positivos en el medio y largo plazo.

Raquel Lucía Pérez Brito. @errelu
Economista, abogada y licenciada en Ciencias Políticas.

miércoles, 9 de noviembre de 2011

Mi columna en el Diario de Avisos: Inyectando confianza

Si comparamos la Gran Depresión de 1929 y la Depresión de Japón de 1989 con la actual crisis, podemos encontrar similitudes. En ambos casos existieron excesos crediticios que no fue posible controlar y desembocaron en la gran depresión y en la aún no resuelta situación de Japón, después de más de dos décadas. De la misma forma, antes del 2007, en las economías capitalistas de occidente, el uso desproporcionado del crédito ha derivado, entre otras causas, en la coyuntura económica actual. Sin embargo, las experiencias de las crisis anteriores no nos proporcionan la receta adecuada para poder salir de esta y la doctrina está dividida entre los que creen que hay que gastar más y los que opinan todo lo contrario. 
Lo que parece prudente, es intentar reducir la deuda como sea. Para ello, sería conveniente: controlar la inflación, no elevar los tipos de interés y aumentar el crédito en circulación como única posibilidad para que las Pymes y autónomos puedan generar crecimiento y puestos de trabajo en nuestra economía. El nuevo presidente del Banco Central Europeo, Mario Draghi, nada más comenzar su mandato decidió disminuir los tipos, dejándolos en 1,25%. Trichet se equivocó al subirlos, cuando creyó que el crecimiento europeo ya se estaba consolidando. No supo calcular los efectos que la crisis de la deuda soberana, podría provocar sobre el resto de la eurozona.
Si nos centramos en España, para poder pagar la deuda es necesario tener un crecimiento superior a los pagos de los intereses y del principal. Tal y como están las cosas en estos momentos, no es previsible que en la próxima década se pueda tener un crecimiento potencial superior al 2% en términos reales, que equivale a un 4% del nominal teórico. Con este dato se está dando por hecho que podríamos lograr un crecimiento de productividad del 0’9% anual (y quizás se está siendo demasiado optimistas). Pero aún así, no va a ser suficiente para poder garantizar el pago de la deuda. Por lo tanto nos veremos obligados a refinanciarla y para ello es necesario que España pueda generar confianza en los inversores y en nuestros acreedores para que le vuelvan a prestar dinero, mientras intenta recuperarse y crecer.
Para lograr esa confianza el Gobierno Español tendrá que ejecutar reformas estructurales significativas. En otras palabras, es imprescindible redimensionar el propio Estado. Pero, al mismo tiempo, también es necesario que circule el crédito para poder permitir que esas reformas  tengan los resultados esperados: aumentar el crecimiento de nuestro país, disminuir nuestras deudas y mantener el Estado del bienestar.
A partir del 20 de noviembre en España se abre una posibilidad de inyectar confianza. El nuevo Gobierno que salga elegido de las elecciones generales, tendrá por delante un camino difícil para que las reformas que se ejecuten comiencen a dar resultados en el medio y largo plazo. Pero sin la confianza en España de sus acreedores o futuros inversores, en el corto plazo, no habrá posibilidades para que nuestro país pueda crecer. España aún está a tiempo de ejecutar el cambio.
Raquel Lucía Pérez Brito
Economista, abogada y licenciada en Ciencias Políticas. @errelu 

miércoles, 2 de noviembre de 2011

¿Recesión, crisis o depresión?

Durante estos últimos años de agitación, en tertulias y en los medios de comunicación, se han utilizado indistintamente términos como recesión, crisis o depresión, para hablar de la situación económica en la que nos encontramos. En ningún caso se aclara por qué se les denomina de esa forma o qué implicaciones tiene cada uno de ellos.
Hay que tener en cuenta que no existe una definición ampliamente consensuada para los términos anteriores, aunque sí hay algunas propuestas más o menos coincidentes. Se puede definir la recesión como una disminución generalizada de la actividad económica y por tanto del empleo de un país durante un periodo de tiempo suficientemente prolongado (más o menos dos trimestres).
La recesión puede producirse de forma suave o abrupta. En el último caso, un elevado número de empresas entra en quiebra arrastrando a los proveedores, pasando la recesión a convertirse en crisis. La disminución de la actividad económica provoca obligatoriamente tasas elevadas de desempleo. Por lo tanto, si la situación se complica, una crisis puede convertirse en una depresión.
La depresión es la forma más grave que puede presentar una crisis económica que consiste en una gran disminución sostenida de la producción, de la inversión, del consumo, acompañada por quiebras empresariales y ahora también por quiebras estatales que afectan todas ellas en su conjunto, inexorablemente, al empleo. Para algunos economistas, se puede hablar de depresión cuando se produce un declive del PIB cercano al 10%  y previamente ha habido una recesión que dure más de 3 años. Pero además, una depresión posee una característica más, la restricción del crédito.
Este ejercicio que podría parecer poco interesante, considero que es necesario para poder concretar en qué situación nos encontramos y hacia dónde se está dirigiendo la economía con las medidas que se están proponiendo ejecutar en los próximos meses tanto a nivel europeo como nacional.
Que la crisis ya ha alcanzado el nivel de depresión en algunos países de la eurozona es evidente. Los datos objetivos indican que el conjunto de la Unión Europea está creciendo muy lentamente, pero crece, por lo tanto no estamos en depresión sino en la fase previa, en crisis.
La reflexión la quiero centrar en si una reducción mayor del crédito, como es previsible que ocurra, después de los acuerdos de la última cumbre en Bruselas, provocará o no la depresión en el conjunto de la Unión Europea, como auguran algunos. Y si dichos acuerdos serán, o no, el comienzo de las soluciones para Europa.
La respuesta no es sencilla ni única, intervienen múltiples factores que se interrelacionan entre sí. En las próximas columnas, nos centraremos en estas cuestiones.

Raquel Lucía Pérez Brito. @errelu.
Economista, abogada y licenciada en Ciencias Políticas.

miércoles, 26 de octubre de 2011

Mi columna en Canarias 7: Las cumbres estériles

Este fin de semana se presentaba como el principio del fin a la agonía de los Estados sometidos al calvario de su propia deuda soberana. Sin embargo, desde el viernes se supo que el domingo no se iba a decidir nada y se fijó  una nueva cumbre para hoy. La imagen y la información que llega a los ciudadanos de cómo se está gestionando la crisis es claramente mejorable. A Europa le falta un liderazgo político que trasmita contundencia y serenidad. En escasos diez días se han convocado seis importantes reuniones para salvar la eurozona. Los domingos 16 y 23 y hoy miércoles 26: cumbres europeas; el viernes 21: reunión del eurogrupo; el sábado 22: Ecofin y reunión entre Sarkozy, Merkel y otros destacados dirigentes; y en esta semana se espera otra reunión del Ecofin.
Alemania  necesita propuestas de acuerdo que pueda defender y aprobar en su parlamento. El Tribunal Constitucional fue muy claro al advertir que el competente para la toma decisiones que afecten a las finanzas alemanas es el Bundestag y este no quiso darle un cheque en blanco a Ángela Merkel para negociar el domingo con sus homónimos, de ahí la convocatoria de una nueva cumbre para el día de hoy. Alemania votará el acuerdo unas horas antes de la cumbre europea y se espera que el Bundestag apoye la propuesta. No es nada fácil la situación en la que se encuentra la Canciller. Sus movimientos la hacen cada vez más impopular en su país y su visión tardía de defensora de la Unión Europea le pasa factura políticamente.
Esta tarde, se pretende llegar a acuerdos para resolver, principalmente, tres problemas distintos pero relacionados entre sí. Por un lado, aclarar las condiciones del segundo rescate de Grecia que permita su crecimiento en el futuro, con quita incluida que puede alcanzar hasta el 60%; por otro, restablecer la confianza de los principales bancos europeos a través de la recapitalización, principalmente por verse implicados en la quita a Grecia; y finalmente reforzar el fondo de rescate europeo para impedir el contagio a otros países, como Italia, España o Bélgica, se plantea la creación de un fondo especial que permita atraer inversores privados.
Esta crisis podría haber sido gestionada con mayor celeridad si se hubiese tenido las ideas claras desde el principio. Tengo la impresión de que nadie creyó que se pudiera llegar a la situación actual. Mientras valoraban si se estaba o no enfermo, la enfermedad se extendió. La gravedad de la misma se ha ido conociendo con el transcurso del tiempo. De ahí el retraso en aplicar las medicinas y las terapias invasivas que podían haber frenado su expansión por el resto de la Unión Europea. Pero, a pesar de todo, Europa está viva y saldrá adelante, por la única razón de que a todos, dentro y fuera de la Unión Europea, les conviene que se mantenga como un mercado único. Hoy puede comenzar el principio del cambio.
Raquel Lucía Pérez Brito
Economista, abogado y licenciada en Ciencias Políticas. 
@errelu 

martes, 25 de octubre de 2011

Canarias necesita urgentemente su propia Arca de Noé

Canarias necesita urgentemente construir su propia “Arca de Noé” y no me canso de repetir que, para ello, es necesario, en primer lugar, que todos los partidos políticos se pongan de acuerdo. Todas las fuerzas políticas deberían sentarse y marcar una hoja de ruta, asumirla y comprometerse en firme a cumplirla,  independientemente del gobierno que pueda surgir tras las próximas elecciones del 20 noviembre.
 La situación de Canarias ha llegado a unos límites en los que, aun siendo posible empeorar, es evidente que no vamos a mejorar si dejamos pasar las semanas, los meses y esperamos que los acontecimientos venideros, o la inercia, arreglen esta situación, o lo que es peor, si creemos que van a venir de fuera a entender y solucionar nuestra situación, o que el gobierno que salga elegido podrá cambiar la situación por sí solo. Sin un consenso político y social no será posible. Es necesario hacer un gran esfuerzo y apoyar las decisiones y políticas controvertidas  que los futuros gobernantes tendrán que ejecutar de inmediato, anteponiendo ese gran pacto político a sus propias siglas e intereses partidistas, por el bien de nuestra sociedad.
Canarias necesita consensuar una unidad económica regional. Es la única forma de depender lo menos posible de las decisiones y coyunturas en la que, históricamente, nuestra Comunidad  no ha podido ni ha sabido influir. Solo hay que hacer un repaso a las grandes crisis que ha sufrido Canarias, para darse cuenta de la necesidad que tenemos de autogestionar nuestras propias limitaciones. La primera gran crisis que asoló a las Canarias, abarcó desde los años 1820 hasta 1850 y, fundamentalmente, fue consecuencia del fin de la política proteccionista del Estado Español, que dejó de favorecer los servicios marítimos y el sector agroexportador de Canarias.  Por lo tanto la crisis fue provocada porque el Gobierno Español decidió, con una política nacional y no diferenciada para un territorio con tantas especificidades como las Canarias , incrementar los aranceles y proteger la marina nacional. El resultado fue inmediato: las flotas extranjeras que atracaban en nuestros puertos se vieron obligadas a dejar  el mercado canario. Esta situación se suavizó con la entrada en vigor del Decreto de Puertos Francos, de 1852, que nos reconocía un hecho diferencial con respecto al resto del territorio español. En aquella época, los Puertos Francos resucitaron la economía de las Islas.
 La Primera Guerra Mundial y la depresión de 1929 provocaron grandes vaivenes en nuestra economía, pero la segunda gran crisis de Canarias se produjo entre los años 1936 y 1959 y no tanto por la guerra civil y sus posteriores consecuencias, sino por la decisión unilateral, nuevamente por parte del gobierno central, de eliminar el mercado librecambista isleño y provocar así la subordinación de la política económica de Canarias a la economía de la autarquía franquista. Si nos centramos en estas dos grandes crisis (dejando para otro momento las crisis de los 70 y, posteriormente, la crisis de los 90) podemos concluir que las dos grandes crisis que ha sufrido Canarias se han acentuado por el no reconocimiento, del gobierno central, de las peculiaridades propias de una región ultraperiférica. Por lo tanto, el primer paso que habría que dar para poder comenzar a construir nuestra Arca de Noé es analizar cuál debe ser nuestra unidad económica regional o modelo productivo y, una vez alcanzado ese acuerdo, garantizarlo con un Régimen Económico y Fiscal de Canarias que no se pueda considerar una ayuda de Estado y, esté, por tanto, en constante revisión. Es imprescindible que esa especificidad esté recogida en la Constitución Española, como signo de nuestra diferenciación del resto del territorio español.


Raquel Lucía Pérez Brito
Economista, abogada y licenciada en Ciencias Políticas
@errelu

lunes, 24 de octubre de 2011

Pasos en la buena dirección

La subida de las bolsas, en los últimos días, no nos debe conducir a engaños. La recapitalización de la banca es condición necesaria pero no suficiente para salir de la situación en la que se encuentra la Unión Europea. Es cierto que se van despejando algunas incógnitas pero aún quedan mucha ecuación por resolver.
En estos momentos, la mayoría de los líderes políticos, de cualquier partido, tienen claro que es necesario ir caminando hacia la unión fiscal europea como único método para salvar al euro y, con ello, a la propia Unión Europea. Pero el recorrido que queda es duro, en pendiente y con un coste social elevadísimo.
Hasta ahora se sabía lo expuestas que se encontraban la banca francesa, y la alemana en menor medida, a la deuda soberana de Grecia, pero la realidad es mucho más llamativa. A la banca alemana quien realmente le debería preocupar es la deuda soberana de España y a la francesa le pasa lo mismo con la de Italia. Las cantidades que Francia tiene de deuda soberana de Grecia son ínfimas si lo comparamos con el sometimiento que tiene de Italia. En el caso de Alemania es idéntico, pero con la deuda soberana de España. Y a su vez España tiene el mismo problema con Portugal.
Resulta más curioso aún analizar del total de la deuda de cada país el porcentaje de deuda pública y el que corresponde a deuda privada, entendiendo como tal la que corresponde a las entidades financieras, las empresas y los particulares. En este caso, las conclusiones son demoledoras: los que realmente están más endeudados son: las familias, las empresas y los bancos. La deuda pública, o la que hemos denominada deuda soberana, representa una cuarta parte, el resto es deuda privada. Lo siguiente sería plantearse cómo se pretende recuperar el motor de la economía a través del consumo cuando el techo del endeudamiento privado ha saltado por los aires hace ya mucho tiempo.
Tras estos datos, el acuerdo para recapitalizar la banca no nos debería sorprender, ya que precisamente Francia y Alemania, son los dos países en los que sus entidades financieras están más expuestas a la deuda tanto pública como privada. Ambos países, sí o sí, se han tenido que poner de acuerdo por su propio bien y con toda probabilidad, en los próximos meses, se irán tomando decisiones que parecían impensables en el pasado cercano.
Sería conveniente que todos los gobiernos fueran capaces de explicar a sus ciudadanos la situación real en la que se encuentra sus respectivas economías. Primero se ha estado buscando soluciones para la deuda pública, ahora le toca el turno a las entidades bancarias. Los gobiernos tendrán que buscar mecanismos de ajuste para las deudas de las familias y de las empresas. Sin políticas de apoyo a las pymes y, sobre todo, sin políticas de empleo dirigidas ambas directamente a aliviar la deuda del sector privado veo muy complicado que el consumo se reactive.
La recapitalización de los bancos es, sin duda, una condición necesaria pero no suficiente, aún quedan muchos pasos más que dar urgentemente.

martes, 18 de octubre de 2011

Mi columna en el Diario de Avisos: El epicentro de una crisis sistémica


Trichet no es el único que dice que Europa es el epicentro de una gran crisis mundial que comienza a ser sistémica. En estos casos sería deseable que los políticos sean conscientes y capaces de tomar decisiones rápidas; esperar solo supondrá aumentar los daños en la economía y por ende a los ciudadanos que son quienes soportan, en última instancia, las consecuencias.
La reunión de los ministros de finanzas del pasado fin de semana debió haber supuesto un avance, después de duras negociaciones, que hubiesen podido ser rematadas en la cumbre de noviembre del G-20 en Cannes. Pero Europa, una vez más, no supo resolver sus tensiones y las esperanzas puestas en la cumbre han vuelto a teñirse de incertidumbres, quedando nuevamente pospuestas las decisiones hasta el próximo domingo. Confirmando que, en el fondo, además de una crisis económica también estamos inmersos en una crisis política y de liderazgo europeo. Por otro lado, la cumbre del G-20 que, en un principio, se planteaba como objetivo principal la discusión y análisis de la crisis de la deuda soberana europea, se encuentra con una tensión añadida entre Estados Unidos y China.
Los Estados Unidos aprobó, la semana pasada, un proyecto de ley en el Senado por el que podrá aplicar aranceles a las importaciones procedentes de países con monedas subvaluadas. La reacción de China no se ha hecho esperar y amenaza con una guerra comercial global, que desencadenaría un proteccionismo galopante que mermaría el poco crecimiento existente en las economías mundiales. Y está claro que, en economías estancadas, las empresas pocas razones tendrían para invertir. Habrá que ver cómo se resuelve este nuevo foco de tensión. China tendrá que poner de su parte para resolverlo satisfactoriamente. El proteccionismo no es la solución.
Por otro lado, los países emergentes como China y Brasil están estudiando la posibilidad de hacer frente a la crisis de la eurozona a través del FMI; pero esta opción solo tendría sentido y podría ayudar si se tratase de un complemento para la zona y siempre y cuando Europa resuelva internamente sus problemas y consoliden y amplíen sus propios mecanismos de rescate.
Hay quienes aún ven viable que antes de la cumbre del G-20 será posible tener un horizonte más nítido, dentro de la Unión Europea, para poder llegar a acuerdos definitivos que permitan estabilizar la zona euro.
Y desde luego sería más que deseable. Es posible que el domingo tengamos más respuestas.

Una de las lecciones que se debe sacar de la crisis es precisamente que necesitamos más unidad. Tras la transformación que ha sufrido el mundo con el surgimiento de China, India y América Latina, a Europa solo le queda estar más unida que nunca.
Trichet lleva razón cuando recientemente, en una entrevista que concedió al Financial Time, culminó diciendo: “Hay más razones hoy para que los europeos se unan en materia económica, financiera y monetaria de las que había a principios de la década de 1950”.
Raquel Lucía Pérez Brito
Economista, abogada y licenciada en Ciencias Políticas
@errelu

miércoles, 5 de octubre de 2011

Mi columna en Expansión: Grecia somos todos

Es estos días los diferentes parlamentos europeos están ratificando los acuerdos que se alcanzaron el 21 de julio por el Eurogrupo, en el que se ampliaron las competencias del Fondo Europeo de Estabilidad Financiera (FEEF) creado en el 2.010 para darle mayor flexibilidad. Se permite que actúen  en los momentos complicados comprando en el mercado secundario deuda de los países en dificultades,  prestando dinero con tipos de interés más bajos a los del mercado a través de líneas de crédito preventivas, e incluso prestar dinero para recapitalizar bancos de la eurozona. De los 17 países que forman este grupo, hasta ahora solo 11 lo han llevado a sus respectivos parlamentos: España, Bélgica, Francia, Grecia, Irlanda, Italia, Luxemburgo, Portugal, Eslovenia, Finlandia y Alemania. Quedando aún pendientes: Austria, Chipre, Eslovaquia, Estonia, Holanda y Malta, que lo harán en este mes.
Este fondo es un mecanismo temporal con fecha de caducidad ya que a finales de marzo del presente año, el Consejo Europeo aprobó crear un ente supranacional de carácter permanente que en  junio de 2.013, comenzará a actuar. Se trata del “European Stability Mechanism”, ESM (Mecanismo Europeo de Estabilidad).  Pero desde marzo a los días de hoy, la crisis ha ido empeorando.
Tal y como van transcurriendo los acontecimientos parece lógico pensar que las cantidades acordadas para el FEEF no van a ser suficientes. Grecia se encuentra en una situación extremadamente complicada y su dificultad para cumplir con las exigencias de la TROIKA, en cuanto al déficit  público,  sigue dejando a la zona euro en serio peligro. La posibilidad de que se acuerde ampliar los fondos, se antoja muy complicada, aunque no imposible. Las garantías que tendrían que aportar los países con triple AAA para ampliar la capacidad del FEEF podrían ser contabilizadas como deuda pública y por lo tanto afectar a la calificación crediticia de los países más sólidos como Alemania o Francia. En el caso Alemán el Tribunal Constitucional ya ha advertido que esta decisión solamente la podría tomar el Bundestag y en la votación de la ratificación de la semana pasada, al acuerdo de ampliación de competencias del FEEF, quedó meridianamente claro que, de momento, no están dispuestos a añadir ni un euro más, ni en forma de aval, para el Fondo.
Por lo tanto, es posible que las autoridades se planteen que  la transición entre FEEF al ESM se produzca antes del 2013 y que es necesario ampliar sus competencias.
Los Estados de la zona euro acordaron aportar al ESM unas cantidades líquidas, en función de su participación en el Banco Central Europeo. A España le corresponde el 11’9% del fondo, es decir 9.520 millones de euros, que tendrá que entregar en cinco años, en circunstancias normales, es decir, si no hay que acudir al rescate de ningún país. Si dichas cantidades no fuesen suficientes, nuestro país podría tener que aportar hasta 59.500 millones de euros. El nuevo Gobierno tendrá que hilar fino para que las cuentas le salgan y luchar para que ningún Estado miembro entre en suspensión de pagos, por el bien de nuestro país y de Europa. En este caso Grecia somos todos.

Europa está viviendo la peor pesadilla. Curiosamente,  la Unión Europa nació para intentar evitar que se volvieran a repetir conflictos históricos dentro del viejo continente. Salvar al euro es mucho más que evitar un caos económico de dimensiones desconocidas.

Raquel Lucía Pérez Brito
Economista, abogada y licenciada en Ciencias Políticas.
@errelu

miércoles, 28 de septiembre de 2011

Mi columna en Expansión: Europa al límite

El pasado domingo en la reunión anual del Fondo Monetario Internacional en Washington la conclusión más extendida fue que Europa se encuentra al límite. No hay consenso para resolver los problemas y dar soluciones inmediatas. La prensa internacional se centra en las consecuencias que provocaría en la economía americana y en la de los países emergentes el supuesto de que Grecia no cumpla con sus compromisos y termine arrastrando a Italia y España.
Algunos analistas extranjeros reclaman al Fondo Monetario Internacional (FMI) que deje de tener un papel secundario. Desean que tome las riendas de la situación y lidere la gestión de la crisis, al considerar a Bruselas incapaz de ponerse de acuerdo y actuar rápidamente. Otros ven con buenos ojos que las naciones BRIC, es decir, Brasil, Rusia, India y China, sean las que rescaten a la zona euro en su conjunto. Hay que tener en cuenta que las exportaciones de Europa a estos países se encuentran en máximos históricos. Pero ni uno ni otro camino se deberían tomar.
Los europeos debemos resolver los problemas con nuestros propios mecanismos, el FMI debe ser un instrumento al servicio de nuestros objetivos, las exportaciones con los BRIC se deben afianzar incrementando la demanda de bienes y servicios que los europeos podemos ofrecer pero, aumentar las importaciones de capital de dichos países hacia Europa, sería una solución a corto plazo que nos dejaría en una situación peor que la actual. Los bancos centrales extranjeros tendrían que vender dólares para comprar euros, provocando que nuestra moneda se fortaleciera frente a la moneda americana y por lo tanto en el medio plazo, nuestras empresas se volverían menos competitivas, nuestras exportaciones caerían y el posible crecimiento de nuestra economía desaparecería. Por lo tanto, lo que en el corto plazo podría parecer una ayuda que permitiría a la desesperada Europa tener más capital, en el medio y largo plazo sus consecuencias serían muy negativas ya que provocaría un crecimiento más lento o prácticamente inexistente y mayor deuda externa. Es evidente que la conjugación de ambas situaciones no ayudaría a resolver la insolvencia de Europa.
Por su lado, España también tiene que hacer sus deberes. Ya se han disuelto las Cortes Generales. Hasta ahora, las decisiones que el Gobierno de Zapatero ha dejado de tomar, por falta de consenso y/o por la proximidad de las elecciones y el tan temido costo político, deberán quedar a un lado para que, a mediados de diciembre, el nuevo gobierno sea capaz de actuar con rapidez. Es necesario hablar claro. Los ciudadanos deben saber: qué se va a hacer, qué metas se persiguen, los porqués y cuáles serían las consecuencias previsibles de caminar en una u otra dirección.
Existe un recorrido de salida de esta crisis, eso sí, cada vez más estrecho, que permite el crecimiento equilibrado y sostenible en el tiempo. Los pasos deben ir encaminados hacia la recapitalización de la banca, el fortalecimiento del Fondo Europeo de Estabilización Financiera (EFSF), cortafuegos para casos como el de Grecia y la unión fiscal Europea hasta alcanzar los “Estados Unidos de Europa”.

Tenemos que encontrar las soluciones dentro de nuestro continente con el apoyo del FMI y del Banco Mundial. En las próximas semanas se tomarán decisiones difíciles pero necesarias para garantizar el futuro del euro y de Europa. La austeridad como única vía no provoca crecimiento.

Raquel Lucía Pérez Brito
Economista, abogada y Licenciada en Ciencias Políticas
@errelu

lunes, 26 de septiembre de 2011

¿Se salvará el euro aunque Grecia quiebre?

Desde hace más de nueve meses no se habla de otra cosa que no sea de economía. Tanto la prensa escrita, como la radio y las televisiones no paran de darnos noticias sobre los últimos acontecimientos que afectan a la crisis de la deuda soberana, el posible incumplimiento de Grecia, las consecuencias que dicho incumplimiento podría provocar al resto de la zona euro, si será posible o no crear los euro bonos y si ha llegado el momento de caminar hacia una unión fiscal europea, entre otros.
En estos días, los analistas se preguntan si la quiebra de Grecia provocaría, o no, la desaparición del euro y, por tanto, el fracaso de la Unión Europea. Yuna vez más hay opiniones de todo tipo: quienes afirman que aunque Grecia salga del euro la moneda sí se puede mantener y los que piensan todo lo contrario.
Es evidente que Grecia necesita crecer para poder hacer frente a sus compromisos. Uno de los caminos para mejorar su competitividad consistiría en depreciar su moneda, es decir que el euro valiese menos, para poder vender más barato fuera y ser más competitivos. Sin embargo, son pocos los analistas que valoran esta opción, dando por hecho que mientras Estados Unidos se encuentre tan debilitado y Alemania siga siendo el motor de Europa no es viable hacerlo. Pero si los acontecimientos provocan que Grecia decida no pagar sus deudas o no pueda pagarlas, las consecuencias directas sobre su población serían terribles, ya que los funcionarios públicos no recibirían sus salarios, el Estado no podría mantener sus servicios públicos, los bancos griegos se colapsarían. El cierre temporal de algunos bancos y cajeros complicaría aún más las cosas y la posibilidad de que Grecia cuente con nuevos acreedores que le proporcionen liquidez quedaría muy lejana. El Banco Central Europeo, en este caso, no podría ser de gran utilidad, ya que se vería con las manos atadas al no poder aceptar los bonos soberanos de un país en quiebra como garantía y, por lo tanto, no podrían inyectar dinero a los bancos griegos. La única salida que le quedaría a Grecia sería crear su propia moneda y comenzar de nuevo.
Si llegáramos a esta situación de incumplimiento de Grecia, las consecuencias traspasarían sus fronteras. Los acreedores, temiendo que otros países de la periferia puedan terminar de igual forma, trasladarían sus dineros hacia mercados más seguros. La caída de los precios de los bonos soberanos complicaría aún más la situación de los bancos europeos y la confianza en las economías de la eurozona se vería seriamente comprometida. Por lo tanto, en estos momentos, si Grecia no cumple con sus compromisos, el resto de la eurozona se verá seriamente afectada hasta el punto que el euro podría desaparecer.
El objetivo de la zona euro debería ir encaminado a que, con las reformas estructurales necesarias y el apoyo de la troika, los países en dificultades y Grecia, en concreto, sean capaces de aguantar hasta el 2013, momento en el que entrará en vigor el mecanismo permanente de estabilidad europea, que permitiría actuar rápidamente en las economías que se puedan ir viendo afectadas. Durante este periodo, Europa debería concretar una nueva política fiscal donde haya menos soberanías y más Europa.
Si el país heleno pudiese llegar hasta esa fecha sin quebrar, una posible salida del euro se podría controlar con mejores herramientas que las actuales y no tendría por qué implicar ni la quiebra del país ni la desaparición del euro.


Raquel Lucía Pérez Brito
Economista, abogado y licenciada en Ciencias Políticas. 
@errelu 

martes, 13 de septiembre de 2011

Mi columna en Expansión: Las manos atadas de Ángela Merkel

La semana pasada, la sentencia del Tribunal Constitucional de Alemania nos hizo pensar, por los titulares que se publicaron, que se trataba de una buena noticia para Europa, hasta el punto que los mercados reaccionaron positivamente dejando subidas considerables en las bolsas. En todos los titulares se podía leer que El Tribunal Constitucional avalaba la participación del país en el rescate a Grecia y la legalidad del Fondo de Estabilidad Europeo. Sin embargo, de la sentencia se evidencia que nos encontramos ante malas noticias para el euro, ya que el alto tribunal le ha dado un aval al gobierno germano condicionado, poniéndoselo, realmente, muy difícil.
La sentencia confirma que el ejecutivo alemán puede aceptar los mecanismos temporales tales como el EFSF (Fondo Europeo de Estabilidad Financiera) pero es mucho más restrictivo con los requisitos que debe cumplir un posible apoyo del gobierno en los casos de mecanismos permanentes, no aceptándolos cuando con ello el país se vea obligado a tener una responsabilidad continua con otros países. Tampoco es viable cuando los pasivos son muy grandes o incalculables y aún menos cuando los gobiernos extranjeros o los acreedores  puedan hacer valer su derecho al cobro ejecutando las garantías que pueda afectar a Alemania. Por otra parte, el Tribunal Constitucional le advierte que lo hecho hasta ahora con los compromisos aceptados por el ejecutivo alemán de rescate a terceros países se encuentra dentro de la legalidad por considerar que se trataba de situaciones de extrema urgencia, pero que, a partir de este momento, las nuevas aportaciones al fondo de salvamento deberán ser aprobadas por el propio Parlamento alemán, en concreto por la Comisión Presupuestaria del Bundestag. Esto implica mayor rigidez al sistema de apoyo del equipo de Ángela Merkel, poniendo en  serio peligro nuevos rescates, que  previsiblemente harán falta, como ha quedado evidenciado en lo  que está ocurrido en los últimas cuarenta y ocho horas.
Con todo lo anterior se puede interpretar que el Tribunal Constitucional alemán está cuestionando el Mecanismo de Estabilidad Europeo Permanente, que a partir de 2013 sustituirá al EFSF (mecanismo temporal) o, en el mejor de los casos, lo está considerado un caso “in extremis”. En ningún momento se habla directamente de los eurobonos en la sentencia, pero es contundente en advertir que es el Bundestag y no el Gobierno quien tiene la potestad de tomar estas decisiones y tratándose de un mecanismo claramente permanente sería considerado inconstitucional.
Por lo tanto, las conclusiones de esta sentencia no son positivas. En estos momentos, sin el apoyo del ejecutivo alemán decidido y rápido para los casos venideros, los riesgos de incumplimiento de uno o varios Estados miembros son muy ciertos. Me parece muy complicado que el Bundestag vote a favor de un nuevo rescate o acepte una recapitalización de los bancos o la compra de bonos. Con el voto negativo del Bundestag, quedará poco margen de maniobra al resto de la Unión Europea.
A pesar del discurso europeísta de Ángela Merkel de la semana pasada, es evidente que el Tribunal Constitucional alemán le ha atado las manos.  Para que los criterios y, por lo tanto, las sentencias del Tribunal Constitucional puedan suavizarse en el futuro, al ejecutivo alemán le quedaría intentar cambiar la legislación de su país y para ello necesitaría el tiempo que no tiene.



Raquel Lucía Pérez Brito
Economista, abogada y Licenciada en Ciencias Políticas
@errelu