miércoles, 21 de diciembre de 2011

Los “tories”


El camino que está siguiendo David Cameron está muy lejos de intentar desandar lo ya andado para lograr tener un consenso  con sus socios europeos.  Este lunes volvió a distanciarse de la postura del resto de la Unión Europea.  El ministro británico de Finanzas confirmó que no hará aportaciones al Fondo Monetario Internacional (FMI) cuando el destino que se pretenda dar al dinero sea únicamente apoyar a los países de la zona euro. De esta manera vuelve a dar un portazo  y pospone sus decisiones de contribución al fondo a principios del próximo año, en la reunión del G-20, adelantando que las reglas del juego deben cambiar. El resto de los miembros de la Unión Europea, incluso los que no pertenecen a la eurozona, han manifestado su disposición  a participar en el proceso de reforzar los recursos del FMI, aunque algunos no han concretado sus aportaciones. Una vez más Gran Bretaña se distancia de la Unión Europea.
Hasta ahora, se ha estado haciendo lo imposible para que ningún miembro de la zona euro quedara excluido de ella, hasta el punto que hoy casi no se habla de la delicada situación de Grecia; pero ahora el problema es mayor. El desmarque del Reino Unido ha motivado  que se analicen las consecuencias que provocaría la salida de este país de la Unión Europea.  De todas formas, se trataría de una situación poco deseable y, desde mi punto de vista, poco probable, ya que tanto Nick Clegg, líder de los demócratas liberales socios en el Gobierno, como el líder laborista en la oposición, Ed Miliband, no han dudado en advertir de los riesgos que esta postura representa, pudiendo quedar aislado el Reino Unido de las decisiones europeas y perjudicar seriamente a las empresas británicas.
Londres no está en su mejor momento para mantener pulsos con el resto de la Unión Europea pero, es cierto que lo que está pasando no es nada nuevo. Tradicionalmente, Gran Bretaña desde finales del XVIII siempre ha mantenido, como línea directriz de su política exterior y financiera, doctrinas distintas y distantes al continente. Su ya ancestral costumbre de diferenciarse ha marcado y marca carácter, como estamos viendo. La libra esterlina se ha mantenido no solamente por un hecho económico diferenciador, también tiene su carga política y social. Hoy, por lo tanto, no estamos hablando exclusivamente de estrategias económicas sino de costumbres muy arraigadas en la sociedad británica, con las consecuencias políticas que ellas pueden conllevar.
No debemos caer en el error de creer que los conservadores británicos “tories” están solos, lo que está ocurriendo no es una estrategia exclusiva del partido conservador. La poderosísima City londinense es uno de los mayores centros financieros del mundo y participa con el 10% PIB del Reino Unido, por ello las reivindicaciones que Cameron solicitó en la cumbre europea no son tan ilógicas y es muy probable que tengan, igual que el resto de la Unión Europea, un plan B. Gran Bretaña exigió tener un protocolo específico para los servicios financieros que beneficiaría exclusivamente a su país, viéndose comprometido el resto de la Unión Europea. Quizás, no midió bien sus fuerzas y  su mayor error fue creer que podría provocar una división entre el eje franco-alemán sobre el euro. Los británicos no moderaron sus demandas y  la decisión final de la cumbre fue, como todos sabemos, crear un tratado intergubernamental, sin necesidad de modificar los tratados europeos, para imponer una disciplina fiscal en la eurozona e imponer sanciones a quienes se desviaran de ella.
Gran Bretaña, equivocada o no, sabe lo que quiere y a dónde quiere llegar. En estos momentos  lo lógico es que todos los países de la Unión Europea se integrasen en la unión monetaria y fiscal. Es estrictamente necesario crear un ente supranacional financiero que unifique las políticas fiscales de los Estados miembros, perdiendo soberanía nacional para traspasarla a Europa. Y para ello deberíamos ser capaces de convencer a los que históricamente no lo han estado. Sería deseable poder modificar los Tratados Europeos pertinentes y no coger el camino de en medio, de los tratados intergubernamentales para evitar los vetos, ya que lo que esto provoca es una mayor diferenciación entre los propios socios europeos. Solo en el caso de que esta opción fuese imposible, los no miembros de la zona euro deberían plantearse si realmente quieren permanecer en una organización con la que cada vez tendrán menos en común. Europa ha demostrado que todos los caminos se pueden andar, hasta los impensables. Y aunque el tiempo apremia es mejor comenzar a construir sobre una base sólida y abandonar lo que ya no tiene sentido si no se puede reconvertir, hasta alcanzar los Estados Unidos de Europa.

martes, 20 de diciembre de 2011

Londres sigue en sus trece

El camino que está siguiendo David Cameron está muy lejos de intentar desandar lo ya andado para lograr tener un consenso con sus socios europeos. Anteayer volvió a distanciarse de la postura del resto de la Unión Europea. El ministro británico de Finanzas confirmó que no hará aportaciones al Fondo Monetario Internacional cuando el destino que se pretenda dar al dinero sea únicamente apoyar a los países de la zona euro. De esta manera vuelve a dar un portazo y pospone sus decisiones de contribución al fondo a principios del próximo año, en la reunión del G-20, adelantando que las reglas del juego deben cambiar.
Hasta ahora, se ha estado haciendo lo imposible para que ningún miembro de la zona euro quedara excluido de ella, hasta el punto de que hoy casi no se habla de la delicada situación de Grecia; pero ahora el problema es mayor. El desmarque de Reino Unido ha motivado que se analicen las consecuencias que provocaría la salida de este país de la Unión Europea. De todas formas, se trataría de una situación poco deseable y, desde mi punto de vista, poco probable, ya que tanto Nick Clegg, líder de los demócratas liberales socios en el Gobierno, como el líder laborista en la oposición, Ed Miliband, no han dudado en advertir de los riesgos que esta postura representa, pudiendo quedar aislado el Reino Unido de las decisiones europeas y perjudicar seriamente a las empresas británicas.
Londres no está en su mejor momento para mantener pulsos con el resto de la Unión Europea, pero es cierto que lo que está pasando no es nada nuevo. Tradicionalmente, Gran Bretaña, desde finales del XVIII, siempre ha mantenido, como línea directriz de su política exterior y financiera doctrinas distintas y distantes del continente. Su ya ancestral costumbre de diferenciarse ha marcado y marca carácter, como estamos viendo. La libra esterlina se ha mantenido no solamente por un hecho económico diferenciador; también tiene su carga política y social. Hoy, por lo tanto, no estamos hablando exclusivamente de estrategias económicas sino de costumbres muy arraigadas en la sociedad británica, con las consecuencias políticas que ellas pueden conllevar. No debemos caer en el error de creer que los conservadores británicos, los tories, están solos; no es una estrategia exclusiva del partido conservador. La poderosísima City londinense es uno de los mayores centros financieros del mundo y participa con el 10% PIB del Reino Unido, por ello no nos deben sorprender las reivindicaciones que Cameron solicitó en la cumbre europea. Gran Bretaña exigió tener un protocolo específico para los servicios financieros, que beneficiaría exclusivamente a su país, viéndose comprometido el resto de la Unión Europea.
Gran Bretaña, equivocada o no, sabe lo que quiere y a dónde quiere llegar. Sigo manteniendo que, en estos momentos, lo lógico es que todos los países de la Unión Europea deban integrarse en la unión monetaria y fiscal que se está planteando actualmente y para ello deberíamos ser capaces de convencer a los que históricamente no lo han estado. Hay que modificar los tratados europeos pertinentes y no coger el camino del medio, ya que lo que esto provoca es una mayor diferenciación entre los propios socios europeos. Si lo que planteo fuese imposible, los no miembros de la zona euro deberían plantearse si realmente quieren permanecer en una organización con la que cada vez tendrán menos en común. Europa hasta ahora ha demostrado que todos los caminos se pueden andar.

miércoles, 14 de diciembre de 2011

La ruptura con el Reino Unido


En la última cumbre europea,  se esperaban decisiones contundentes para dar comienzo a una unión fiscal dentro de la eurozona. Pero al pretender dar dichos pasos, por la vía de la modificación de los Tratados de la Unión, se evidenció que intentar resolver la crisis de la deuda soberana puede provocar la ruptura de la Unión Europea tal y como la conocemos.
De los veintisiete  países que forman la Unión actualmente diecisiete están dentro de la zona euro y diez no lo están. Entre estos últimos hay quienes desean unirse a la eurozona, pero que aún tienen que cumplir con los criterios de adhesión, como es el caso de Lituania; otros, como es el Reino Unido, que tienen claro que no se van a unir y por último, los que están en un estado intermedio. Está claro que este grupo, además de ser minoritario, es poco homogéneo, con intereses distintos y escasamente cohesionado.
El pasado viernes se planteó la necesidad de modificar los Tratados de la Unión Europea con el fin de homogeneizar, dentro de la zona euro, una política fiscal y de estabilidad. Cualquiera de los veintisiete Estados tiene derecho de veto cuando se trata de modificar los Tratados y eso fue precisamente lo que ocurrió. La actuación de David Cameron era previsible, él sentía la obligación de tensar la cuerda y amenazar  con el veto con el objetivo de conseguir prebendas a favor del Reino Unido. Pero su posicionamiento, quizás, fue excesivo y la respuesta fue unánime ante sus reivindicaciones, quedándose sólo con sus planteamientos.
El resto de países, no solo los pertenecientes a la eurozona, decidieron crear una unión fiscal fuera de los Tratados europeos para evitar el veto del Reino Unido. Ya se está trabajando en la manera de redactar un documento o tratado separado por la vía de “la cooperación reforzada” o por el artículo 136, que permite “fortalecer la coordinación y supervisión de estabilidad presupuestaria”.
Creo, sinceramente, que el camino más rápido, en este caso, no es el mejor. Es conveniente llegar a un acuerdo con Cameron dedicándole el tiempo que corresponda. Reino Unido tendrá que ceder más que la eurozona ya que no puede permitirse el lujo de desvincularse del mercado único europeo. En Londres, tanto Nick Clegg, líder de los demócratas liberales en el Gobierno, como el líder laborista en la oposición, Ed Miliband, no han dudado en advertir a Cameron que su postura de veto podría dejar aislada al Reino Unido y perjudicar seriamente a las empresas británicas.
Nos encontramos con una nueva crisis, la de la Unión Europea, sin haber resuelto la crisis de la deuda soberana. En estos momentos los países que no pertenecen a la zona euro deberían preguntarse, en primer lugar, si deberían o no ingresar en la eurozona y si la respuesta fuera negativa, si realmente quieren permanecer en una organización con la que cada vez tendrán menos en común. Es posible una “Nueva Unión”, con menos Estados miembros y con un mercado común más reducido, y todo ello para mantener al euro.

miércoles, 7 de diciembre de 2011

Merkel y más Merkel


El pasado viernes Merkel provocó, con sus declaraciones en el Bundestag, que los ánimos del mercado se elevaran. Se proclamó defensora del euro, una vez más, y convencida de la necesidad de que la eurozona cuente con una unión fiscal con respaldo legal. Leyendo entre líneas, los alemanes plantean la unión fiscal europea como condición “sine qua non” para poder mantener el euro y desembocar en los eurobonos posteriormente. Esta condición también va unida a la necesidad de modificar el Tratado de la Unión Europea, ya que Alemania no quiere dar pasos en falso. El objetivo es hacer cumplir la disciplina presupuestaria y el control de la deuda de la eurozona imponiendo sanciones y consecuencias inmediatas a los gobiernos que no cumplan con las reglas establecidas. Con estas medidas, es evidente que cada uno de los Estados perderá soberanía para cederla a un ente superior europeo y yo diría que actualmente dentro de los Estados de la eurozona no existen dudas de la conveniencia de esta unión fiscal.

La Presidenta alemana no ha dudado en hacer público, con bastante insistencia, su desagrado respecto de los bonos europeos. Hasta el punto que parecía un verdadero obstáculo para un acuerdo por haberse autoinflingido dichas restricciones. Sin embargo parece que por la vía de la semántica, podremos llegar al mismo objetivo. Ahora, en vez de hablar de eurobonos, se oye el concepto de “bonos de estabilidad”. En cualquier caso, el resultado es el mismo. Con ellos se pretende llegar a una responsabilidad solidaria más allá de las soberanías, es decir, que los pasivos del sistema, llamados hoy deuda soberana, serían compartidos conjuntamente por todos los Estados de la zona euro.
Merkel puede conseguir una unión fiscal en el gran pacto que se espera para este viernes 9 de diciembre, porque ya cuenta con el respaldo de Francia y el Reino Unido, pero a cambio tendrá que aceptar la figura de los eurobonos o “bonos de estabilidad” más en el corto que en el medio plazo. De cualquier manera Alemania intentará llegar a una figura intermedia ya que ha planteado una propuesta de canje de deuda de bonos, es decir, unos eurobonos estrictamente temporales, que los Estados miembros podrían pagar durante un periodo de tiempo acordado. Con este sistema, Merkel podría lavar su cara a la oposición tan feroz que ha mantenido pero al mismo tiempo cedería ante el resto de la zona euro. Habrá que esperar para ver qué estructura de bonos comienza a coger forma.
Lo que no se debe perder de vista es que aunque el próximo viernes en el Consejo de Europa se alcance un gran pacto,  en donde se inicien los procedimientos para modificar el Tratado de la Unión Europea, se avance hacia una unión fiscal de la eurozona y se comience a hablar tímidamente de posibles “bonos de estabilidad”, aún  Europa se tendrá que  enfrentar al gran riesgo de una recesión más larga de lo pensado hasta ahora e incluso a una depresión. Los gobiernos tendrán que pensar y diseñar lo impensable para superar con el menor costo social posible los meses y años que quedan por venir. La Unión Europea no tendrá tiempo de celebrar nada el viernes, si finalmente se acuerda lo que todos esperamos.