miércoles, 30 de noviembre de 2011

Más cerca de los Estados Unidos de Europa

Las miradas están ahora puestas en la cumbre prevista para el 9 de diciembre. Alemania ha presionado lo suficiente, hasta convencer a Francia, para proponer cambios en el tratado de la Unión Europea. Aunque no se haya oído hablar mucho sobre este tema, preocupados como se ha estado por la prima de riesgo y de la deuda soberana de los países de la periferia, la realidad es que se lleva sopesando la conveniencia o no de hacer cambios en el Tratado desde hace ya algún tiempo. Hay algunos países, como el Reino Unido, que consideran que no es el momento adecuado para proponerlos porque un amplio debate sobre los cambios necesarios podría provocar tensiones dentro de cada Estado miembro que podrían desestabilizar más aún la maltrecha economía europea. No es que se nieguen a los cambios, es que simplemente están convencidos de que la eurozona ya cuenta con las herramientas y la autoridad suficiente para fortalecer la coordinación y supervisión de su disciplina presupuestaria con el Tratado de Lisboa.
Sin embargo, Alemania no está dispuesta a dar pasos sin hacer las reformas dentro de los Tratados. Pretende incluir la posibilidad de imponer sanciones a los gobiernos que rompan las reglas de la deuda, del déficit y cualquier otra medida fiscal que se plantee. Podemos asegurar que Europa se encuentra, en estos momentos, en las manos de Alemania, si se pretende caminar hacia una unión fiscal de la eurozona y  con posterioridad hacia los eurobonos. Y sinceramente, no veo otra salida, si el objetivo es mantener el euro y el mercado común de la Unión Europea.

El cambio o reforma del tratado llevaría su tiempo y Europa no puede esperar a tenerlo aprobado para que el Banco Central Europeo (BCE) intervenga de forma contundente. Sarkozy cree que el BCE debe intervenir y ampliar su programa de compra de bonos soberanos de los países que más se ven expuestos a los vaivenes del mercado. Pero por otro lado, Merkel no es partidaria de la intervención del BCE de forma masiva en la compra de deuda soberana en el mercado secundario. Funcionarios franceses de alto nivel comentan a disgusto cómo, por un lado, Alemania exige la independencia del BCE y por otro pretenden influir en el mismo con las críticas negativas que hacen a las políticas monetarias del BCE.

Y con todas estas situaciones de debilidad y luchas internas de la Unión Europea, reaparece con más fuerza que nunca una duda en el horizonte: la recesión. Si esta es más fuerte y duradera de lo esperado, ninguna de las posibles soluciones en las que se están depositando esperanzas servirán. Lo que sí parece claro es que se está produciendo un efecto positivo, que parece motivado porque a los mercados les gusta la idea de que el 9 de diciembre se puedan tomar decisiones que cambien el rumbo de la Unión Europea hacia una unión fiscal y por ende a los Estados Unidos de Europa.
 
Raquel Lucía Pérez Brito
Economista, abogada y licenciada en Ciencias Políticas
@errelu

miércoles, 23 de noviembre de 2011

Mi columna en Expansión: “Crisis de la deuda privada”

Tras los resultados de las elecciones generales el pasado domingo en España no hay tiempo para expresar los sentimientos de alegría o tristezas. La situación de la economía española no se puede permitir esperar a que el nuevo Presidente sea investido. Rajoy tendrá que dar pasos, en breve, que demuestre que efectivamente sabe lo que tiene que hacer.

A la situación actual se le ha puesto el apellido de “crisis de la deuda soberana”. Sin embargo, hay países como Bélgica, Alemania y Francia, que tienen más deuda pública que España y no están sometidos, aún, a la presión de los mercados. Esto se debe, en gran medida, a que la mayoría de sus bonos soberanos están en manos de sus inversores nacionales. Lo determinante de esta crisis no está, por tanto, en la cantidad de deuda soberana, sino en el porcentaje de la misma que está en manos de prestamistas internacionales. En otras palabras, la cantidad de dinero que tanto el sector público como privado deben al resto del mundo. En el caso de España, es necesario diferenciar la deuda pública y la privada, para no llevarnos a engaños. Los parámetros de deuda pública son inferiores a la media de la zona euro y totalmente asumibles. Sin embargo, durante la última década, el endeudamiento del sector privado español fue el que más creció entre los países desarrollados, encontrándose ahora muy por encima del promedio europeo. Los recursos financieros que las familias y las empresas demandaban para invertir y consumir fueron asumidos por el ahorro nacional en un tercio y el resto por prestamistas extranjeros. Esto provoca que el ataque a la deuda soberana, no se deba exclusivamente al tamaño de la misma, sino a lo que se percibe en el exterior sobre la capacidad de pago del Estado, las empresas y las familias en relación a toda su deuda exterior, no exclusivamente a la deuda soberana. Por lo tanto, en nuestro caso, no deberíamos hablar de “crisis de la deuda soberana”, sino de “crisis de la deuda privada”.
Para dimensionar el problema, si tenemos en consideración el conjunto de la deuda total española, en relación al PIB, nos encontramos en el cuarto lugar del ranking mundial de los países endeudados, tras Japón, Portugal y Bélgica. Resulta curioso observar como el nivel de deuda global en relación al PIB de Grecia es muy inferior al de España, Francia, Canadá, Italia y EEUU. Grecia tiene un elevado nivel de deuda pública, pero los hogares y las empresas privadas tienen un bajo nivel de endeudamiento relativo. Grecia podría resolver sus problemas si tuviesen independencia en política monetaria, ya que podrían devaluar su moneda,  ganando en competitividad y poco a poco pagar su deuda.
La dependencia de España de los inversores extranjeros provoca que sean los mercados los que impongan las políticas económicas a nuestro gobierno y juzguen si las decisiones que se toman son o no acertadas. Para que el nuevo gobierno sea capaz de parar esta presión de los mercados más que justificada, aunque nos empeñemos en decir todo lo contrario, tendrá urgentemente que dar señales en la dirección que se espera y que permitan convencer a nuestros acreedores que seremos capaces de pagar. Y sólo podremos hacerlo si crece la demanda interna, la productividad, la competitividad y por lo tanto las exportaciones.  Y como ya no es posible devaluar la moneda como antaño, la presión se ejerce sobre las llamadas «reformas estructurales», en las que los ciudadanos detectan la amenaza de recortes de derechos laborales y sociales y un latente peligro de regresión en sus condiciones de vida.
No se trata de hacer milagros, se trata de marcar una hoja de ruta realista. Las reformas estructurales que necesita España ya están en la cabeza de la mayoría y su puesta en marcha debería provocar que se vuelva a tener confianza en España y se pueda refinanciar la deuda que vence en los próximos doce meses. Pero en paralelo, será necesario buscar soluciones al endeudamiento privado, que es el principal problema de nuestra economía y que impide la recuperación de la demanda interna y la reactivación de la inversión privada.
Una de las posibles soluciones pasa por refinanciar la deuda privada, tal y como se hará con la pública, pero con el ahorro nacional. El Estado podría convertir esa deuda privada en pública y canalizar el ahorro privado nacional con deducciones fiscales a los prestamistas nacionales. Los prestamistas españoles deben tener un aliciente para invertir. Con esta medida el nivel de deuda se mantendría, pero se disminuiría, poco a poco, la dependencia de los  mercados y sus ataques.

Raquel Lucía Pérez Brito
Economista, abogada y licenciada en Ciencias Políticas.
@errelu

jueves, 17 de noviembre de 2011

Mi columna en Expansión: Fatiga política

Hace escasamente cuatro meses era impensable creer que Berlusconi presentaría su dimisión por "sentido de Estado y de responsabilidad". En Grecia, ha ocurrido exactamente lo mismo, el gobierno no ha aguantado la presión y después del órdago del referéndum el Presidente se vio obligado a dimitir. Los sustitutos, en ambos casos, se consideran tecnócratas. Sin embargo, en estos momentos es tan importante tener claro lo que se quiere hacer y sus consecuencias como tener el liderazgo suficiente para saber explicar las reformas que se van a llevar a cabo para que los ciudadanos entiendan, acepten y apoyen las iniciativas por muy duras que sean. Me temo que estos tecnócratas no están acostumbrados a lidiar con los políticos a los que tendrán que dar cuenta en sus respectivos parlamentos. Y es posible que lejos de resolver los problemas de sus respectivos países, se enfrentarán a éstos, que no estarán a la altura de las circunstancias y no facilitarán el trabajo de los nuevos Presidentes. Sólo un calendario electoral definido con prontitud podría minimizar el caos. Sería estupendo que me equivocara, es más, desearía estar equivocada. Realmente en Europa existe tanto una gran crisis económica, financiera y de deuda soberana como una gran crisis Política con mayúscula, hasta alcanzar la fatiga política.
En España, tras el próximo domingo, habrá un nuevo Gobierno que será elegido por todos los que decidan ir a votar ese día, que debería ser la inmensa mayoría, dada las circunstancias. Independientemente de que el nuevo Gobierno cuente o no con mayoría absoluta, si existiera madurez política, el mismo lunes, los partidos en la oposición deberían ponerse al servicio del ganador para apoyar las iniciativas que se pongan sobre la mesa, provocando diálogos y acuerdos que inyectarían confianza en nuestro país. Pero también en este caso dudo mucho que el Gobierno y la oposición se pongan de acuerdo, motivados por el deber patriótico y el sentido de Estado; es más, diría que nos esperan unos meses muy duros y conflictivos.
Es imprescindible que los mercados vuelvan a confiar en España para poder optar a una refinanciación de la deuda que se vence en los próximos meses y a la que no podremos hacer frente solos, debido al escaso o nulo crecimiento de nuestro país. La madurez política de nuestros representantes es una urgencia nacional. En el corto plazo tenemos la necesidad de ser capaces de dar una imagen de unidad y seriedad política para que los inversores apuesten por nosotros. Ellos necesitan comprobar que España pone en marcha las reformas adecuadas y que la unidad política del país sea un hecho. Inyectando confianza España podrá obtener, nuevamente, el apoyo de los inversores y refinanciar sus deudas a un interés más bajo que el actual. El camino seguirá siendo muy duro, pero al menos tendremos un margen de tiempo para poder recuperar el crecimiento económico. Si conseguimos la unidad, las reformas que se van a ejecutar tendrán resultados positivos en el medio y largo plazo.

Raquel Lucía Pérez Brito. @errelu
Economista, abogada y licenciada en Ciencias Políticas.

miércoles, 9 de noviembre de 2011

Mi columna en el Diario de Avisos: Inyectando confianza

Si comparamos la Gran Depresión de 1929 y la Depresión de Japón de 1989 con la actual crisis, podemos encontrar similitudes. En ambos casos existieron excesos crediticios que no fue posible controlar y desembocaron en la gran depresión y en la aún no resuelta situación de Japón, después de más de dos décadas. De la misma forma, antes del 2007, en las economías capitalistas de occidente, el uso desproporcionado del crédito ha derivado, entre otras causas, en la coyuntura económica actual. Sin embargo, las experiencias de las crisis anteriores no nos proporcionan la receta adecuada para poder salir de esta y la doctrina está dividida entre los que creen que hay que gastar más y los que opinan todo lo contrario. 
Lo que parece prudente, es intentar reducir la deuda como sea. Para ello, sería conveniente: controlar la inflación, no elevar los tipos de interés y aumentar el crédito en circulación como única posibilidad para que las Pymes y autónomos puedan generar crecimiento y puestos de trabajo en nuestra economía. El nuevo presidente del Banco Central Europeo, Mario Draghi, nada más comenzar su mandato decidió disminuir los tipos, dejándolos en 1,25%. Trichet se equivocó al subirlos, cuando creyó que el crecimiento europeo ya se estaba consolidando. No supo calcular los efectos que la crisis de la deuda soberana, podría provocar sobre el resto de la eurozona.
Si nos centramos en España, para poder pagar la deuda es necesario tener un crecimiento superior a los pagos de los intereses y del principal. Tal y como están las cosas en estos momentos, no es previsible que en la próxima década se pueda tener un crecimiento potencial superior al 2% en términos reales, que equivale a un 4% del nominal teórico. Con este dato se está dando por hecho que podríamos lograr un crecimiento de productividad del 0’9% anual (y quizás se está siendo demasiado optimistas). Pero aún así, no va a ser suficiente para poder garantizar el pago de la deuda. Por lo tanto nos veremos obligados a refinanciarla y para ello es necesario que España pueda generar confianza en los inversores y en nuestros acreedores para que le vuelvan a prestar dinero, mientras intenta recuperarse y crecer.
Para lograr esa confianza el Gobierno Español tendrá que ejecutar reformas estructurales significativas. En otras palabras, es imprescindible redimensionar el propio Estado. Pero, al mismo tiempo, también es necesario que circule el crédito para poder permitir que esas reformas  tengan los resultados esperados: aumentar el crecimiento de nuestro país, disminuir nuestras deudas y mantener el Estado del bienestar.
A partir del 20 de noviembre en España se abre una posibilidad de inyectar confianza. El nuevo Gobierno que salga elegido de las elecciones generales, tendrá por delante un camino difícil para que las reformas que se ejecuten comiencen a dar resultados en el medio y largo plazo. Pero sin la confianza en España de sus acreedores o futuros inversores, en el corto plazo, no habrá posibilidades para que nuestro país pueda crecer. España aún está a tiempo de ejecutar el cambio.
Raquel Lucía Pérez Brito
Economista, abogada y licenciada en Ciencias Políticas. @errelu 

miércoles, 2 de noviembre de 2011

¿Recesión, crisis o depresión?

Durante estos últimos años de agitación, en tertulias y en los medios de comunicación, se han utilizado indistintamente términos como recesión, crisis o depresión, para hablar de la situación económica en la que nos encontramos. En ningún caso se aclara por qué se les denomina de esa forma o qué implicaciones tiene cada uno de ellos.
Hay que tener en cuenta que no existe una definición ampliamente consensuada para los términos anteriores, aunque sí hay algunas propuestas más o menos coincidentes. Se puede definir la recesión como una disminución generalizada de la actividad económica y por tanto del empleo de un país durante un periodo de tiempo suficientemente prolongado (más o menos dos trimestres).
La recesión puede producirse de forma suave o abrupta. En el último caso, un elevado número de empresas entra en quiebra arrastrando a los proveedores, pasando la recesión a convertirse en crisis. La disminución de la actividad económica provoca obligatoriamente tasas elevadas de desempleo. Por lo tanto, si la situación se complica, una crisis puede convertirse en una depresión.
La depresión es la forma más grave que puede presentar una crisis económica que consiste en una gran disminución sostenida de la producción, de la inversión, del consumo, acompañada por quiebras empresariales y ahora también por quiebras estatales que afectan todas ellas en su conjunto, inexorablemente, al empleo. Para algunos economistas, se puede hablar de depresión cuando se produce un declive del PIB cercano al 10%  y previamente ha habido una recesión que dure más de 3 años. Pero además, una depresión posee una característica más, la restricción del crédito.
Este ejercicio que podría parecer poco interesante, considero que es necesario para poder concretar en qué situación nos encontramos y hacia dónde se está dirigiendo la economía con las medidas que se están proponiendo ejecutar en los próximos meses tanto a nivel europeo como nacional.
Que la crisis ya ha alcanzado el nivel de depresión en algunos países de la eurozona es evidente. Los datos objetivos indican que el conjunto de la Unión Europea está creciendo muy lentamente, pero crece, por lo tanto no estamos en depresión sino en la fase previa, en crisis.
La reflexión la quiero centrar en si una reducción mayor del crédito, como es previsible que ocurra, después de los acuerdos de la última cumbre en Bruselas, provocará o no la depresión en el conjunto de la Unión Europea, como auguran algunos. Y si dichos acuerdos serán, o no, el comienzo de las soluciones para Europa.
La respuesta no es sencilla ni única, intervienen múltiples factores que se interrelacionan entre sí. En las próximas columnas, nos centraremos en estas cuestiones.

Raquel Lucía Pérez Brito. @errelu.
Economista, abogada y licenciada en Ciencias Políticas.